Los libros que no podrás leer este Sant Jordi (porque no se han reeditado)

En catalán aquí.

Llega Sant Jordi y se calcula que hoy se venderán más de un millón de libros en toda Cataluña, sin duda, el día con más ventas de todo el año. Pero hoy queremos hablar precisamente de aquellos libros desamparados por el paso del tiempo que actualmente se encuentran descatalogados o bien nunca han sido traducidos al catalán. A lo largo de los años, nos vamos encontrando obras de difícil acceso que van cogiendo color amarillo en las bibliotecas sin que nadie considere que merece la pena exhumarlos de ese olvido editorial. Desde la sorpresa —incluso propia—, el consejo de redacción de Debats pel Demà ha decidido traer los libros que no podrás encontrar en este especial día del libro con la conciencia de que hacer propaganda de un producto que no se puede comprar puede ser una propuesta aparentemente ilógica.

Marina Tsvietáieva, El poeta y el tiempo, (ed. oro. 1932).

 Marina Tsvietáieva (1892-1941) es una de las mayores poetas que ha dado la literatura rusa del siglo XX. Sin embargo, su obra y su nombre fueron ignorados injustamente durante mucho tiempo. Cuando ha transcurrido casi un siglo desde su muerte, el interés por la figura de Marina Tsvietáieva es cada vez mayor y su obra comienza a ser ampliamente reconocida y valorada en varios países.

Los ensayos contenidos en este volumen hoy descatalogado que editó Anagrama contienen varios textos en prosa de la poeta rusa, entre ellos: «El poeta y el tiempo», «Un poeta a propósito de la crítica», «El poeta y el tiempo» y «El arte a la luz de la conciencia». Éstos son el producto de la reflexión constante de la autora sobre el arte, de su meditación sobre la conciencia y el tiempo y de su profunda preocupación por el sentido de la labor del poeta. Un punto de vista que podemos empapar en algunos de sus aforismos más famosos y que nos impondremos el ascesis de no revelar más de uno:

“La contemporaneidad en el arte es la influencia de los mejores sobre los mejores, es decir, lo contrario de la actualidad: influencia de los peores sobre los peores”.

María Zambrano, Dos fragmentos sobre el amor, (ed. oro. 1952)

En esta breve obra de la filósofa malagueña, Maria Zambrano recupera la idea de un saber ligado al amor donde la objetividad de la filosofía no es posible sin este sentimiento. Entre la filosofía y la poesía, este libro lleva un saber que nace de unas entrañas enamoradas o como escribiría ella misma, “el ser humano no cambiará nunca íntimamente en virtud de las ideas si no son la cifra de su anhelo; si no corresponden a la situación en que se encuentra, se le volverán, al contrario, en papel mojado o en simples manías obsesivas”.

Su particular religiosidad; su interés por la llamada sabiduría tradicional; por la tradición mística; su inicial formación en la música conceptual de Spinoza; su heterodoxia; su compromiso político y su exilio fueron solo algunos de los puntos de contacto que la unen a otra autora —que también llegó a la edad de madurez en el período de entreguerras— como es Simone Weil.

Eduard Palmer Thompson, William Morris. De romántico a revolucionario, (ed. oro. 1955).

Justificar la importancia de reeditar la biografía del segundo pensador socialista más importante del siglo XIX podría acabar en esta misma frase, pero es que la relevancia del padre del modernismo y creador del movimiento Arts&Crafts no hace más que crecer en nuestro presente. Decía E.P. Thompson que William Morris pertenecía a un tiempo en el que la tradición socialista europea poseía un fuerte vigor imaginativo y no se atemorizaba ante la especulación utópica. Tuvo la suerte de sustraerse a las cadenas del dogmatismo ya que se había formado en el campo del arte y la cultura y cuando decidió que entregaría su vida a la militancia socialista —que él mismo confiesa que le sucedió al leer El capital— pudo aprender mucho de Engels pero también de Kropotkin. También por este motivo, los puntos en los que enlaza con la tradición marxista son muchos, pero no lo sueño menos aquellos en los que divergía. Su desconfianza hacia el culto acrítico del crecimiento y la producción mecanizada prefiguran muchas de las preocupaciones ecológicas de hoy. Su profunda crítica moral de la civilización moderna fue no pocas veces ninguneada por muchos socialistas —Engels lo había llegado a tildar de militante “romántico” y “sentimental”— que no entendían la larga tradición radical de la que Morris era heredero.

Con su rica experiencia histórica y su respuesta concreta a la realidad social, Morris tenía una sorprendente agudeza para captar intuitivamente las líneas de desarrollo, y las líneas de retroceso, en su cultura o lo que Gramsci denominaría más tarde, el sentido común de época. Al final de su vida, en 90 del siglo XIX, supo ver que solo en una dialéctica de educación y capacitación de las masas para preparar la revolución se podría combatir, por un lado, el derrotismo de las clases medias y, por la otra, el determinismo de algunos dirigentes socialistas como Kautsky o Guesde en frente de unas élites capitalistas que habían transmutado la frivolidad del laissez faire por la reacción en forma el odio (auto)destructivo en la fase imperialista.

Este libro fue publicado originalmente en 1955 y fue reeditado posteriormente en 1976 en inglés. sería traducido por la editorial valenciana de Alfonso el Magnánimo al 1988. Desde entonces, no ha aparecido cabe otra edición en editoriales peninsulares.

Arthur Rosenberg, Democracia y socialismo: historia política de los últimos ciento cincuenta años (1789-1937) (ed. oro. 1938)

Historiador marxista alemán, Arthur Rosenberg (1889-1943) es un gran desconocido entre la militancia política de izquierdas en nuestro país. Con unos conocimientos excepcionalmente transversales sobre la Atenas democrática, la Roma republicana, los primeros años de la revolución bolchevique o la formación de la República de Weimar, todos los libros de Rosenberg se caracterizan para combinar de manera magistral la erudición histórica con una perspectiva de lucha de clases. No es casualidad, pues, que se haya hablado de él como una especie de “Gramsci alemán”: defensor de un comunismo desacomplejado y alejado de cualquier tipo de ortodoxia y fácilmente equiparable a otras figuras críticas del periodo de entreguerras, como Korsch, Levi o el mismo Gramsci.

Democracia y socialismo es una síntesis extraordinaria de la conexión entre los dos grandes movimientos revolucionarios de aquel “largo siglo XIX” de que hablaba Hobsbawm. Por un lado, la democracia plebeya y su ideal que ya se había dejado entrever en 1793 en la Francia jacobina: sufragio universal, derechos de existencia y participación popular en un régimen de igual libertad. En este sentido, los cartistes ingleses, los socialistas republicanos franceses y los movimientos de emancipación nacional encabezados por Mazzini y Kossuth —entre otras— serán el avance revolucionario que, al menos hasta 1848, insuflarán miedo a las élites reaccionarias de toda Europa. Por eso, el autor incide tanto en aquello que Marx y Engels dejaron muy explícito en su Manifiesto: que el comunismo se situaba de pleno en la senda de la conquista de la democracia. A partir de mitades de siglo, el socialismo internacional acontecerá la continuación del movimiento democrático y, según Rosenberg, actualizará el sueño de la democracia para hacer frente a un modo de producción capitalista e imperialista totalmente desembridado.

Democracia y socialismo, que fue publicado por primera vez en alemán en 1938, sólo ha visto dos traducciones castellanas, ambas a la otra banda del Atlántico. La primera, de 1966, a la editorial porteña Claridad; la segunda, de 1981, a la famosa colección de Cuadernos de Pasado y Presente dirigida por el gran marxista argentino José Aricó. No sería nada fácil de justificar que un libro que ha ayudado tanto a hacer una interpretación republicana de la tradición socialista no pudiera encontrarse de nuevo (si es que alguna vez ha estado así) en las librerías de casa nuestra.

Francesc Vallverdú, El hecho lingüístico como hecho social, (ed. oro. 1973)

Francesc Vallverdú fue poeta, sociolingüista y dirigente del PSUC desde los años 60. Sus tesis alrededor de las relaciones entre lengua y sociedad desde una perspectiva marxista, así como su investigación histórica sobre el hecho lingüístico en Cataluña, lo convirtieron en uno de los padres del actual modelo de inmersión lingüística en nuestro país. Esta obra representa uno de los trabajos pioneros en la sociolingüística catalana. Aborda las cuestiones del bilingüismo, la diglosia, las comunidades lingüísticas y la relación entre lengua, cultura y clase social.

Andrés Bilbao, Obreros y ciudadanos. La desestructuración de la clase obrera (ed. oro. 1993)

Esta obra pionera en la disciplina sociológica en nuestro país analiza, desde una perspectiva marxista y discursiva centrada en el método de entrevistas, el proceso de desestructuración de la clase obrera que se da desde los años 70 raíz de la crisis del capitalismo fordista y la contrarrevolución neoliberal. Muestra los elementos claves que permiten entender la crisis de la clase obrera de todo el Estado como sujeto político histórico, fenómenos como la ruptura de solidaridades, la dualización del mercado laboral, la corporativización y todas sus consecuencias a nivel de subjetividad ante una emergente cultura de masas neoliberal.

Joaquín Maurín, Revolución y contrarrevolución en España, (ed. oro. 1935)

Joaquín Maurín es probablemente uno de los marxistas más originales que ha producido la península ibérica y por este motivo uno de los más injustamente olvidados. Nacido en Bonanza el 12 de enero de 1896 Maurín de muy joven se trasladará a Cataluña donde llevará a cabo toda su militancia política. De primero en Lleida, donde dejará tal impronta en la ciudad como animador del sindicalismo revolucionario desde las páginas de Lucha Social que la gente de izquierdas se referiría como «Mauringrado», y ya más adelante, como dirigente el Bloc Obrero y Campesino, en Barcelona.

Pero una de las cosas que más llama la atención de Maurín es su ojo clínico histórico a la hora de abordar las cuestiones políticas y estratégicas del momento. A pesar de que Maurín no era ningún historiador, sí que incorporaba la historia al pensamiento político de las izquierdas, justo es decir que con una maestría más que notable. “Maurín recurre a la historia como instrumento sustancial para la comprensión del presente”, ha resumido el estudio más exhaustivo que tenemos hasta ahora gracias a Antoni Monreal en su obra El pensamiento político de Maurín (Ediciones Península, 1984).

Es decir, Maurín pasa por la criba del análisis político las luchas populares del siglo XIX para elaborar una matriz de los aciertos, pero también de las derrotas previas. De tal manera que sea posible hacer un índice de las tareas pendientes, y necesarias, para cambiar el régimen política y socialmente. La revolución democrática es la gran obsesión que Maurín buscará resolver en su tiempo. Los interrogantes que se desprenden; «quién tiene que protagonizar la revolución democrática? ¿Cómo se tiene que llevar a cabo para vencer allá donde han fracasado los que nos han precedido?», serían objeto de una constante atención por parte de Maurín. De hecho, solo en los años treinta Maurín dejaría por escrito su hipótesis estratégica en la trilogía que conforman Los hombres de la Dictadura (Cénit, 1930), La revolución española: De la monarquía absoluta a la revolución socialista (Cénit, 1932) y, en particular, a Hacia la segunda revolución: el fracaso de la República y la insurrección de Octubre (Gráficos Alfa, 1935).

Es este último libro que, en la hora de reeditarlo, desde el exilio en Nueva York y en el inicio de la crisis profunda del franquismo, por Ruedo Ibérico el 1966 que le cambiaría el título por el de Revolución y contrarrevolución en España. Un título inspirado en la obra más importante del movimiento republicano popular ibérico del XIX: La reacción y la revolución de Pi y Margall escrito el 1854. Y es que Maurín vuelve eternamente a Pi para responder a ¿qué hacer?», del mismo modo que lo hacía Lenin al adentrarse en el ¿Qué hacer? de Nikolai Txernixevski para orientar el movimiento populista ruso el 1863.

De hecho, años más tarde Maurín escribirá que “si nuestra generación hubiera conocido a fondo la historia de 1820-1823, 1868-1874, no habría cometido al 1931-36, los errores, grandes y pequeños, que sumados condujeron a la caída de la República democrática” (en la revista España Libre, 19-2-1960). Y de estas secuencias Maurín extraía tres problemas: la forma de gobierno, la expropiación de la nobleza y la estructura del Estado.

Así, Maurín veía en el cambio de la forma de gobierno la posibilidad de establecer un punto de partida para establecer principalmente una nueva correlación de fuerzas consumada en una Constitución democrática material. Que se apoyara en una revolución social para satisfacer una población mayoritariamente campesina y unas élites significadamente latifundistas; “El alfabeto de la revolución española empieza, naturalmente, por la letra a, y la letra a es la revolución agraria”, pues, “El Estado monárquico era precisamente el Estado producido por tal organización agraria.”[1] La República social solo podía nacer, para Maurín, con la expropiación de los latifundistas y la redistribución de la tierra.

En cuanto a la estructuración del Estado; “que el Estado republicano fundido federal o unitario significaba ayudar a la revolución o conducirla a una vía muerta” [2]. Porque el Estado oligárquico de la monarquía se había construido por medio del centralismo. El centralismo, pues, respondía a un triple esquema de organización del poder del Estado, de concentración en la riqueza en la capital del Estado y de justificación ideológica de estos objetivos. El centralismo se había constituido así en un método estatal para garantizar la autoridad de latifundistas en el sur, industriales al este y financieros en el centro. Arrasando entre medio todos los diques de contención municipales y forales.

De tal manera que la República aconteciera federal desmenuzaba todo este sistema de organización y abría una oportunidad para la revolución democrática dirigida por el pueblo. El principal mecanismo del centralismo lo constituía el ejército por eso Maurín consideraba esencial la transformación democrática; “Para establecer un nuevo régimen -y la República pretendió ser un régimen diferente al de la Monarquía- hay que cambiar el andamio en la que el régimen derribado se ha sostenido.”[3]

Todo ello, representaba unos profundos cambios democráticos y sociales que solo podían ser acometidos por los trabajadores y los campesinos para llegar a buen puerto. Un Maurín deslumbrado por la revolución rusa de 1905, consideraba semejantemente que “la caída de la Monarquía sería el comienzo de una República socialista.”[4]

En el esquema de revolución democrática-socialista Maurín otorgaba un papel especial a las nacionalidades, en concreto Cataluña, en la medida que esta podía oponer una alternativa social, estatal y republicana. Tal como en la revolución alemana de 1848 donde la alternativa democrática no pasaba por la Prusia centralista y autoritaria de los junkers sino por la dirección de la Baviera republicana y confederalista.

De aquí el anticatalanismo histórico del Estado que no radicaba en el ambiente psicológico del cerebro madrileño de este sino en la función prusiana que el Estado daba en la capital. “La limitación del problema nacional en Cataluña feudo perder al movimiento catalán una gran parte de su fuerza revolucionaria. Cataluña aparecía entonces no como la vanguardia de la liberación colectiva, sino simplemente como una región que quería obtener ventajas exclusivamente para ella.”[5] Romper el cordón sanitario establecido por el Estado sobre la Cataluña republicana y popular era para Maurín un requisito indispensable para evitar fracasos como el de 1909.

Maurín volvía de nuevo a la secuencia histórica comenzada por 1868 para aprender de Delgado como llevar a cabo la revolución de las periferias. En este sentido, cambiaba la estrategia usual de la izquierda de irradiarse del centro hacia afuera, de Madrid en “las provincias”, planteando un asalto a Madrid desde fuera. Delgado, en este sentido, era un ejemplo empírico; “Madrid tiene que ser tomado mediante un movimiento convergente que parta de la periferia, tal como hizo Prim.”[6]

Este y otros aspectos merecerían un tratamiento con más profundidad, pero merece la pena acabar la recomendación de esta obra maestra del marxismo ibérico con un último vistazo. Maurín era plenamente consciente de estar pensando una revolución democrática en una Europa bajo el impacto de la crisis de 1929 y con la amenaza guerrera de las potencias fascistas. Teniéndolo presente consideraba que la revolución era la manera de derrotar preventivamente el fascismo y que la manera de llevar a cabo esta derrota resolvería la dicotomía establecida por el crack del 29: “La nación al servicio de las empresas y del Estado, o la economía y el Estado al servicio de la nación.”[7]

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