Marina Garcés y la Escuela de aprendices: educar para emancipar en tiempos de capitalismo cognitivo

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En el epílogo de la edición de Las venas abiertas de América Latina del año 1976, Eduardo Galeano decía: “Sé que pudo resultar sacrilegio hablar de economía política en el estilo de una novela de amor o de piratas”. Y es que quizás Marina Garcés, con su obra, ha conseguido hacer algo pareciendo con la filosofía; un estilo que ya resuena emancipador, que nos muestra como siempre es el momento de volver a hacernos preguntas, de replantearlas, de crear de nuevas o de volver a las que hemos tratado de responder para ver qué respuestas alternativas han dejado abiertas. Un estilo que, tomando lo mejor de la filosofía postfundacional, nos abre a nuevas maneras de cuestionarnos el presente; desde los márgenes, siempre desde los márgenes de lo posible. Y esto, al fin y al cabo, es hacer pensar y emancipar. Cómo ella misma dice, divulgar es “acercar las herramientas del pensamiento filosófico a cualquier persona dispuesta a problematizar las representaciones establecidas de la realidad”.

¿Qué significa decir aprender algo? ¿Qué es pensar por un mismo? ¿Por qué aprendemos? ¿Qué es la crítica? ¿Cómo aprender libremente cuando nuestras vidas no son libres? ¿Qué hábitos y valores queremos transmitir con la educación? ¿Quién somos nosotros cuando leemos? ¿Quién aprende de quién? Son preguntas que atraviesan y dan sentido al último ensayo de Marina Garcés: Escuela de aprendices. El ensayo no pretende ser una receta de políticas educativas, sino que más bien nos plantea un camino para abrir nuestras perspectivas y poder pensar la educación identificando y liberándonos de la carga servil, autoritaria y metafísica que impregna nuestros sistemas educativos y las teorías pedagógicas neoliberales. Relacionando y contraponiendo las reflexiones sobre la educación de autores como Rancière, Pasolini, Aristóteles, Arendt, Camus, Sartre, Nietzsche, Deleuze, Lévinas, Primo Levi, Darwin, Marx, Bauman, Kant, Spinoza, Rousseau u Orwell, nos viene a explicar por qué y de qué manera la escuela es una institución política; un escenario de cambio, conflicto y antagonismo social. Porque “cuando hay crisis educativas lo que hay son crisis civilizatorias”, y ahora nos encontramos en uno de estos momentos.

Como dice César Rendueles, y como también queda recogido en el libro, hoy “la escuela ha llegado a convertirse en la única solución que somos capaces de imaginar para una sorprendente cantidad de desafíos y de problemas”. Rendueles identifica esto como “un placebo discursivo, fruto de la impotencia política que nos lleva a proyectar en la educación nuestras esperanzas fallidas en la igualdad social”. ¿Realmente la escuela debe hacerse cargo de todo esto? ¿Sólo nos educa la escuela? ¿O quizás también, entre otros, nos educan la avalancha de estímulos y distracciones (redes sociales, plataformas, publicidad, consumo, …) que luchan para capturar nuestra atención hasta vaciarnos y que constituyen pilares básicos de la caja de herramientas del control capitalista hoy?

Volviendo a la escuela, el escenario que dibuja Marina Garcés sobre nuestro sistema educativo actual debería preocuparnos. A menudo oímos decir que nada de lo que estamos aprendiendo hoy en las escuelas servirá en el futuro, y que la incertidumbre constante es la única certeza de nuestra condición actual: la condición póstuma, un concepto que Marina Garcés ya ha desarrollado previamente en otros libros, como Ciudad Princesa o Nueva ilustración radical, para decirnos que vivimos en un tiempo sin futuro, un tiempo que resta, en cuenta atrás. “Una guerra póstuma es una guerra sin después”. Ante este escenario, como explica ligándolo con la educación, el principal escenario de conflicto que emerge es la competitividad.

Marina Garcés analiza cómo y por qué la educación se ha convertido en una máquina de generar residuos en un sistema donde la posibilidad de convertirse en residuo está siempre presente. El modelo educativo de hoy ha evolucionado, junto con la mutación del capitalismo, desde una perspectiva formateadora (que tiende a homogeneizar), hacia una educación extractiva (basada en la singularidad). Esta visión extractiva nos lleva a ser conscientes y aprovechar al máximo los talentos de los que disponemos para ser lo máximo eficientes y poder especializarnos, y condena al olvido todas las otras capacidades que podríamos desarrollar. Nos lleva a ignorar todo aquello que no sabemos. Garcés reivindica “frente al potencial del talento (eficacia y rentabilidad), la potencia del extrañamiento”, y define la emancipación como la acción por la cual individuos o colectivos se apropian de capacidades que les habían sido negadas.

A través de la revisión de autores como Aristóteles o Kant, nos explica como la especialización y la compartimentalización del saber, ya desde la época de la Ilustración, sitúan el conocimiento en un estatus de autoridad que resulta problemático en cuanto que asciende a categoría de fundamento; no sometido a la reflexión crítica. Además, este entorno de incertidumbre constante hace que la capacidad más valorada sea la adaptabilidad. Marina Garcés denomina a todo esto el “régimen de la servidumbre adaptativa actual”. Según ella, ante este escenario, el sujeto que se deriva es cínico y oportunista. De este modo, el cinismo y el oportunismo no son solo consecuencias del capitalismo post-fordista sino que son una de las mismas materias primas que le permiten generar valor. El cínico “no puede entender la vida como un problema común, sino como un juego contra los otros en que quiere salir ganador”.

Una de las otras principales cuestiones del libro gira en torno a la pregunta: ¿qué significa saber? En este punto, Marina Garcés retrata el enfoque actual tanto en la escuela como en el mundo académico como una cultura epistemológica. Con esto se refiere a que tiende a acumular información y a que “se define más por lo que sabe que por lo que no sabe”. Una visión del conocimiento autorreferencial y no conectada con el entorno. Para ella, sin embargo, “poder decir lo sé no significa haber accedido a aquella información, sino haber incorporado aquella vivencia y saberla inscribir en su contexto de sentido”, ser capaces de ir “hasta aquello más básico de cada aprendizaje”. Añade:

“la imaginación ha sido dominada por un paradigma epistemológico que, como hemos visto, se basa en la acumulación y sistematización de conocimiento considerado cierto. Desde esta aspiración, la imaginación es una actividad inquietante que se mueve entre mundos supuestamente incompatibles: la sensibilidad y el entendimiento, el cuerpo y la mente, la sensación y la razón […] La imaginación vincula lo que es y lo que no es, lo que sabemos y lo que no sabemos y las diferentes dimensiones del tiempo entre ellas”

Hoy nos encontramos ante lo que ella define como analfabetismo ilustrado; un saber sin imaginación que acumula información sin generar relaciones posibles. La educación hoy nos “obliga a disputarnos los pocos futuros que se nos ofrecen sin poderlos imaginar”. Este síntoma, según la autora, “no se combate con más formación sino con un saber más consciente”. Como también decía Gramsci en sus cuadernos:

“El elemento popular “siente” pero no siempre comprende o sabe, El elemento intelectual “sabe” pero no siempre comprende y especialmente “siente”. Por lo tanto, los dos extremos son, la pedantería y el filisteísmo por una parte, y la pasión ciega y el sectarismo por la otra. (…) El error del intelectual consiste en creer que se pueda “saber” sin comprender y, especialmente, sin sentir y ser apasionado, (…) o sea, que el intelectual pueda ser tal (y no un puro pedante) si es distinto y separado del pueblo-nación”

Todo esto nos lleva a la parte central del ensayo y a la gran pregunta que conviene que nos hagamos hoy, dado que “hoy no es siempre” (como dice Marina Garcés en una carta a sus alumnos): ¿cómo podemos imaginarnos una educación emancipadora?

Marina Garcés empieza descartando las utopías pedagógicas centradas en la idea del hombre nuevo; que a pesar de que no aparece esta relación en el libro, fue una figura recurrente en el imaginario comunista del siglo XX, teorizada entre otros por Che Guevara o Frantz Fanon. Garcés evoca el mito de Frankenstein para dejar claro que esta empresa estará siempre destinada al fracaso desde un inicio; destinada a una frustración histórica como la que aconteció en el siglo XX. El hombre nuevo era una promesa, pero una educación emancipadora tiene que huir de la seguridad de los tiempos de la promesa. Al no poder borrar el pasado ni las condiciones existentes, necesitamos una pedagogía frágil orientada a “proporcionar las condiciones para que diferentes existencias puedan incorporarse a un mundo o a un medio común”. Ante la condición póstuma, una educación emancipadora tiene que ser capaz de ofrecer “miradas que enlacen el tiempo de los vivos con los de quienes han existido antes y con los de quienes están en camino”.

Uno de los elementos centrales de la obra, que da lugar al título, es la contraposición de la noción de estudiante con la noción de aprendiz. El aprendiz, en oposición al estudiante como puro objeto receptor de la acción educativa, es su punto de partida. Garcés describe el aprendiz como figura vinculada con el mundo, que “descubre que los aprendizajes que incorporamos dan forma en los mundos que compartimos”. Con un enfoque similar a la idea existencialista del hombre no como garante sino como lugar de posibilidad de la libertad, la autora nos dice que la educación es dar forma y sentido a nuestra existencia, y que “la materia prima de la educación es el poder ser”.

Esto nos lleva a un capítulo del ensayo que ha resultado para mí el más sugerente: La vergüenza y el ser. Garcés otorga a la vergüenza un lugar central, presente y determinante en toda experiencia educativa; “el afecto social por excelencia”. La vergüenza trastoca el yo a través de cómo me percibo ante los otros.

“Cuando hablamos de la vergüenza, pues, estamos hablando de lo que somos a través de las maneras como nos prestamos atención. Estas maneras se educan. Son parte esencial de cualquier proceso de aprendizaje. Si algo importante aprendemos a través de la educación es a prestar atención (al mundo, a las cosas, a los otros) y a merecer atención (o todo al contrario). Por eso, la vergüenza, siendo cómo es tan íntima, es la emoción del vínculo. A través de ella se manifiestan, se transmiten, se consolidan y, a veces se transforman, las relaciones de poder y de verdad que articulan, como una telaraña invisible, nuestros vínculos”

Marina Garcés explora el doble potencial de la vergüenza conversando con Primo Levi y sus reflexiones sobre la experiencia en los campos de concentración. Todo ello me recuerda también a la noción de hospitalidad de Derrida… Este doble potencial puede ser: o bien la consumación de la degradación del yo, o la aparición de la conciencia del límite de aquello tolerable para un mismo y para los otros. Entonces, una de las tareas principales de la educación es aprender a identificar este límite de degradación tolerable, en uno mismo y en los otros. Marx ya hablaba de la necesidad de enseñar al pueblo a avergonzarse de sí mismo: “si realmente se avergonzara una nación entera, seria como un león que se dispone a dar el salto”. La gran vergüenza histórica del siglo XX fue el holocausto, la del siglo XXI podría ser el precipicio al que nos acerca a nosotros y a los que vendrán la destrucción del planeta. Marina Garcés nos propone “atravesar la vergüenza histórica, no como una culpa sino como un aprendizaje colectivo que puede ser un impulso hacia un cambio radical”.

Entonces, la educación emancipadora consiste en pensar por un mismo y con los otros los problemas del propio tiempo. “El arte de la educación es aprender a caer algo menos de lo que ya hemos caído de entrada, o a caer mejor”, una frase que me recuerda a la primera escena de la película La Haine, donde el protagonista dice que lo importante no es la caída sino como aterrizamos. “Aprender a vivir juntos y aprender juntos a vivir”, un aprender siempre inacabado, abierto… Aprender a “recrear una sensibilidad ahogada en el olvido” y ”en antagonismo con las relaciones de dominación ya establecidas”.

La alianza de los aprendices que Marina Garcés describe al final del libro supone un cambio de la posición del profesor desde el “hazlo cómo yo” o “haz lo que quieras” al “hazlo conmigo”. La alianza de los aprendices es encontrarse, acoger, transformar y crear sentido, crear un vínculo que no anule la extrañeza sino que lo acoja. La alianza de aprendices es más que la suma de sus partes, es una “realidad nueva que se genera a partir de las relaciones que la integran”. Porque la perspectiva filosófica de la autora nos recuerda que “la verdad no es la representación de la totalidad de los objetos sino el conjunto de puntos de vista que establecen entre ellas”. “La alianza de los aprendices no genera unidad sino un campo de tensiones plural y antagónico”. La igualdad es central en la educación porque

“cualquier persona que haya sido tratada como una igual, aunque sea una sola vez en la vida, no dejará nunca de percibir la violencia de todo aquello que la dispone, de nuevo, a la inferioridad […] La igualdad no es un ideal, sino una experiencia concreta que tiene la potencia de mostrar las condiciones materiales y simbólicas de la desigualdad existente y apuntar hacia su transformación”

Antes de acabar, querría añadir dos reflexiones que me han surgido con la lectura y que creo son importantes. Primero, tenemos que ser conscientes que una visión emancipadora de la educación no tiene que conducirnos al buenismo, al puro coaching, a la pusilanimidad o al relativismo absoluto de que “todo está bien”; es importante que reivindiquemos la cultura del esfuerzo, el compromiso colectivo y también la disciplina con uno mismo con el estudio y la formación como necesidad para poder organizarnos desde bajo. En segundo lugar, conviene que nos apliquemos también todas estas reflexiones sobre la educación en los espacios de organización social de base y militantes. Que pensamos en cómo nos queremos relacionar en estos espacios, en cómo queremos acoger a los recién llegados, en cómo queremos formar los nuevos cuadros… No podemos permitir que estas concepciones rígidas, autoritarias y poco imaginativas del saber se impongan entre nosotros si lo que pretendemos es ser la levadura de la acción transformadora de la sociedad. Hacernos iguales también significa interrumpir la tentación de la vergüenza. Avergonzar es lo contrario de imaginar, y no hay imaginación que no sea política.

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